Había una vez una hoja...
Había una vez una hoja.
No era la más grande del árbol, ni la más vistosa.
Pero tenía algo especial:
un aroma suave, un color profundo
y una energía tranquila que la hacía única.
Durante años fue parte de algo más grande:
absorbía luz, compartía sombra,
y acompañaba silenciosamente las estaciones.
Hasta que un día, el viento —ese sabio inquieto—
la soltó con suavidad,
como si supiera que había llegado su momento de volar.
La hoja cayó en un río.
Viajó entre montañas, cruzó cafetales,
se asomó a ventanas abiertas
y descansó brevemente en manos distintas.
Cada persona le ofrecía algo:
una sonrisa, una pausa, una historia.
Y entonces lo entendió.
No se trataba de ser una hoja cualquiera.
Se trataba de transformarse…
en ritual, en pausa, en bienestar compartido.
Eso la cambió para siempre.
Porque cada hoja que tocamos tiene un destino hermoso:
llegar a tu taza y, desde ahí, transformarte también.